miércoles, 17 de mayo de 2017

¿ENFRIARÁN LAS HABAS?

Gestio pro herede
Guido Sosola


Durante el gobierno de Allende, los chilenos supieron de cacerolazos, escaseces y escenas de violencia que, apenas, rasguñan la terrible realidad de los venezolanos de estas horas. Cierto, lo reconoció Kissinger, la CIA abonó a la caída del médico, en ese concurso de agencias de (contra) inteligencia y sabotaje que hizo sede en el cono sur, pues, teniendo por fondo la guerra fría, pendientes de la completa revelación de sus archivos, la KGB no era precisamente la Orden de la Trapa ni la estadía de Fidel Castro por un mes, la mera curiosidad de un trapense.

Las atrocidades de Pinochet compaginaron muy bien con la vasta campaña de victimización del régimen socialista, cuya naturaleza y alcances, por cierto, comenzamos a comprender con la lectura adolescente de un libro de Eduardo Frei Montalva, los recurrentes foros celebrados con dirigentes que se empeñaron en hacer del exilio un momento,  y demás actos de solidaridad con el pueblo de Chile. Recordemos, por ejemplo, el impacto y la trascendencia aleccionadora que tuvo el rescate de Orlando Letelier, por diligencias de Diego Arria, aunque después fue ultimado en Washington.

La sola circunstancia de haber ocupado un ministerio, una embajada u otra alta posición en el allendato, le garantizaba al visitante, forista, entrevistado o articulista, una aureola de prestigio y credibilidad, suscitando la inmediata atención, pues, de un modo u otro, la suya era una credencial de honorabilidad ante la audiencia frecuentemente conmovida. Algo que dudamos demasiado ocurra cuando salgamos del socialismo del siglo XXI, por más que inventen sus beneficiarios y dolientes, orquestándola en todo el orbe, una extraordinaria campaña de victimización,  incluyendo las conferencias que pueda dar Maduro en su exilio  previsiblemente  dorado en torno a la descomunal conspiración astral de la que fue objeto.

Presumiendo de la excepción que confirme la regla, no habrá ministro, embajador, gobernador, magistrado, cónsul o cosa parecida que pueda salir airoso de un foro, apenas destapemos las ollas de la inmensa corrupción de estos años, añadidos los vínculos con las mafias internacionales que todavía cuecen las habas de sus desesperaciones al acercarse la hora.  De una desfachatez destemplada y cinismo a prueba de balas, no logramos imaginar el cuento heroico de un funcionario que, al desgarrarse ls vestiduras, se exhiba como el cátaro que luchó por redimir al pueblo, aunque siempre queda el expediente de acogerse a un programa de la DEA que convierta su anonimato en el mejor visado posible.

Además, igualmente pendientes de una suerte de sociología política de los gabinetes de estas casi dos décadas,  dando cuenta de la rotación regular de unos pocos, son demasiados los ministros y viceministros de nombre impreso en la Gaceta Oficial, por citar al funcionariado emblemático.  Sobre todo, por los que exponen un ligero tránsito en el poder, reciclados en las zonas más informales con las que cuentan, que añade a aquellos que hicieron sus maletas tiempo atrás y se fueron con el ánimo del olvido que la sola y silenciosa ausencia cree procurar.

Y es que, con todas las diferencias que tengamos respecto al allendismo, éste expuso nombres que no guardan correspondencia alguna con los de Chávez Frías y su sucesor. Por lo general, aquéllos   probablemente eran personas de reconocida trayectoria política, adustas y modestas, mientras que éstos son de infame flaqueza moral,  ideológicamente raquíticos y desmandadamente vanidosos. 

No habrá autoridad moral alguna que mostrar, dejando atrás una estela represiva que debe y deberá ensordecer sus sueños. El chavismo es y será aún más una herencia pesada y, aunque enfríen las habas, no tendrá más gestión que la de procurar el olvido de propios y extraños.

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