sábado, 11 de marzo de 2017

OCURRENCIA

El Estado fantasma se enmascara
Luis Barragán


La Operación de Liberación del Pueblo (OLP), todo un eufemismo, reportó recientemente una novedad: el horrendo enmascaramiento de sus efectivos al actuar, por estos días,  en una   zona paradójicamente llamada de paz de la ciudad capital.  Más acá del saldo de un operativo que, por  lo general, se desconoce a ciencia cierta, aunque el aumento de la delincuencia parece desaconsejar su indiscriminada ferocidad, el régimen aporta la otra estética a la tragedia de sobrevivir en un país cercano a las treinta mil muertes anuales.

Llamando poderosamente la atención de los medios, miembros de la Dirección General de Contrainteligencia Militar, cubrieron sus rostros con algo más que un antifaz, acaso, poco familiar a quienes – propios y extraños – gustan de las películas y seriales televisivos sobre las brigadas o grupos especiales de asalto. Ya no se trata del pasamontaña y de toda la indumentaria policial que, apropiada para una situación de peligro, ayuda a los agentes a realizar su trabajo, sin verse relevados de responder por sus actuaciones, como inferimos de algunas escenas o series de las que, por cierto, no somos aficionados; sino de un blindaje que asegura el completo anonimato y, a juzgar por los voceros de las meritorias organizaciones que defienden los derechos humanos, agrava aún más los excesos de represión para una incursión decididamente militar en las barriadas más pobres.

Alguien dirá que estas máscaras del terror logran un eficaz impacto psicológico al confrontar a la delincuencia, además, tan bien organizada que dudamos que pueda amilanarse. O, quizá,  una suerte de compensación por el susto que el agente del Estado experimenta al encararse con un afamado hampón de muchas suelas, pero lo cierto es que la ocurrencia poco o nada contribuye a zanjar la diferencia en la pretendida solución al drama, opinando otros que la adquisición del complemento retrata un presunto negocio de circunstancia.

Muy probablemente, el alto gobierno desestimará el uso de tales máscaras, porque ayudará a la postre a estereotiparlo, generando una consecuencia contraria, excepto que persista en una guerra psicológica generalizada y de indudable alcance político. Empero, la representación social correspondiente está a la espera, habida cuenta que la realidad es tan fea que ya no hay cómo (en) cubrirla.

El aporte estético a una guerra civil no declarada, poca o ninguna mella hace en los delincuentes,  porque aludimos a un fenómeno estructurado en la última década y media: el de la violencia que rinde dividendos, afantasmando al Estado que deja cada vez más de serlo.  En definitiva, intenta intimidar a la población, la que conoce de la terrible realidad, y el nuevo enmascarado provocaría toda suerte de burlas, si no fuese por los proyectiles tenebrosos que lo explican.


13/03/2017:

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