domingo, 23 de noviembre de 2014

PELIGROSIDAD

Basta con salir al encuentro del hermano que te necesita
Fray Marcos

Estamos en el último domingo del año litúrgico, y nos vemos obligados a luchar en dos frentes: La fiesta de “Cristo Rey del Universo” y el 34 domingo del tiempo ordinario, con la lectura de la parábola del juicio final. Los dos temas son extremadamente complicados.
El contexto de la implantación de esta fiesta, nos puede dar una buena pista para interpretar hoy su significado. Fue establecida por Pío XI en 1925, en un momento en que la Iglesia estaba perdiendo poder, prestigio e influencia en la sociedad occidental. La jerarquía seguía oponiéndose a la modernidad y soñaba aún con una “restauración”. Creyó que una fiesta de Cristo Rey ayudaría a recuperar el terreno perdido.
Es la Iglesia la que tiene que descubrir los valores de la modernidad. Son  sobre todo la autonomía y la libertad del ser humano los que tienen que obligarla a planteamientos más de acuerdo con el evangelio y en definitiva más humanos, como veremos al analizar el evangelio de hoy.
Pero resulta que Jesús nunca reivindicó ningún reino para sí, todo lo contrario, dijo expresamente que, “el que quiera ser primero, sea el servidor”. Afirmó de palabra y con su vida, que él “no venía a ser servido, sino a servir”.
Después del ayuno en el desierto, el ser dueño y señor del mundo se le presenta como una tentación. ¿No hemos ocupado el lugar del tentador, cuando, sin pedirle consentimien­to, le hemos dado todos los reinos del mundo?
Jesús criticó todo poder que supusiera cualquier clase de esclavitud o sometimiento de los demás. Después de la multiplicación de los panes, Nos dice Juan: "Viendo Jesús que querían echarle mano para proclamarle rey, se retiró a la montaña él sólo."
¿No hemos ocupado el lugar de los soldados de pretorio en su burla macabra, poniéndole una corona de oro y un cetro cargado de brillan­tes? O no he entendido nada del evangelio o este cetro y esta corona es mucho más denigrante para Jesús, que la caña y las espinas.
Cuando Pilato pone el título sobre la cruz, "Éste es el rey de los judíos", lo hace para burlarse de él y de los judíos. ¿No será también una burla llamarle rey del universo?
La liturgia de este día está encabezada con esta frase: "Jesucristo, Rey del Universo"; pero las lecturas terminan hablando de un pastor. ¿Podéis imagina­ros dos figuras más contradictorias? Ahí está la clave. El evangelio nos dice que el que quiera entrar en el Reino, no tiene que portarse como vasallo de un superior, sino como servidor de los más débiles.
Sin duda, el Reino de Dios fue la principal preocupación de Jesús en su predicación. La imagen de Dios como rey de Israel se remonta a la época de la entrada en Palestina del pueblo judío. Para un nómada nada podía significar la idea de un rey; pero cuando entran en contacto con las estructuras sociales de la gente que vivía en ciudades, los mismos judíos piden a Dios un rey. Esto fue interpretado por los profetas, como una traición. Desde entonces se va enriqueciendo esa idea y termina por ser la imagen clave para toda la apocalíptica. El final de la historia será un Reino de Dios que termina por sobreponerse a todos los demás.
Sólo en este contexto cultural podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo, el contenido que le da es muy distinto. En tiempo de Jesús, el futuro reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios, del que van a quedar excluidos lo que se creían buenos y van a entrar las prostitu­tas, los pecadores, los marginados... Los gentiles están llamados y muchos judíos quedarán fuera.
Pero la característica fundamental del Reino predicado por Jesús es que ya está aquí. No hay que esperar a un tiempo escatológico, sino que ha comenzado ya. Además, matiza  tanto la idea de un reino externo que queda absolutamente minimizado. "No se dirá está aquí o está allá porque mirad el reino de Dios está dentro de vosotros”.
Para mí, esta idea desbarata todo el montaje anterior sobre el reino de Dios. No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un reino que es Dios. Cuando decimos “reina la paz”, no estamos hablando de un reino, sino de una presencia generalizada. Se trata de hacer presente a Dios entre nosotros, con nuestra manera de actuar, pero después de haber descubierto la presencia de Dios en lo más hondo de nuestro corazón.
Es un reinado del AMOR. No es un reino de personas físicas, sino de actitudes vitales. Cuando me acerco al que me necesita preocupándome por él, hago presente el Reino de Dios y cuando me preocupo de mí, pisoteando a los demás, excluyo de mi entorno el Reino de Dios.
Cuando Pilato le pregunta si es rey, contesta Jesús: “mi reino no es de este mundo”. Al insistir Pilato, le dice: "sí, soy rey, yo para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad."
Esta frase, desconcer­tante a primera vista, es reveladora. Ser testigo de la verdad, ser auténtico, ser verdad, es la única manera de ser dueño de sí mismo, y por la tanto de ser dueño de la realidad entera. Jesús es rey de sí mismo y así es Rey en absoluto. Siendo verdad, alcanza la plenitud de humanidad y manifiesta el Reino de Dios.
El Reino de Dios, lo divino que hay en nosotros, es como una fuerza, un fermento, un alma, una luz que transforma la realidad concreta de mi ser y se manifiesta fuera en toda la realidad. Se manifiesta como una cualidad, pero en realidad, es la esencia de mi ser. Yo tengo que esforzarme por hacerla surgir desde lo hondo de mí mismo, aceptando que viene a absorberme.
Es necesario que tras haber cooperado con todas mis fuerzas a hacerla brotar, consienta en la comunión, en la que mi propia individualidad se hundirá, y acepte convertirme en su alimento (Teilhard de Chardin). Mi yo tiene que desaparecer para que permanezca sólo la luz que antes me atravesaba. Consumición será igual a consuma­ción.
Viniendo al evangelio de hoy. Después de haber hablado para su comunidad durante muchos capítulos, Mateo amplía ese marco y habla para todas las naciones. Los judíos creían que Dios les aceptaría a ellos y rechazaría a los paganos. Mateo hace otro planteamiento muy distinto: pertenecen al Reino todos los que se han preocupado de los débiles.
El Reino ‘que es Dios’ se hace plenamente presente cada vez que un ser humano actúa desde su verdadero ser. Lo hizo presente Jesús y lo hizo presente Teresa de Calcuta. Que el Reino se haga presente aquí y ahora, depende exclusivamente de ti. Ni siquiera es imprescindible reconocer a Cristo, basta salir al encuentro del hermano que te necesita. Todo ser humano que haya desplegado su verdadera humanidad, hace presente el Reino. Lo único que se tiene en cuenta a la hora de valorar a un ser humano es su humanidad.
Esta parábola no necesita ninguna explicación. Sólo tener en cuenta que se trata de un lenguaje escatológico que no podemos entender literalmente. Nos habla de un común denominador para todos los que quieran pertenecer al Reino.
Fijaos bien, que en esas exigencias no aparece, ni por asomo, connotación alguna religiosa. La pertenencia o no al Reino, no depende de una actitud religiosa, sino de una actitud vital con relación a los débiles. Lo único que se nos pide es la preocupación por el otro.
Es una pena que lo escuchemos como quien oye llover. No se nos preguntará si estoy bautizado, si he ido a misa, si he confesado, si he comulgado, si he creído todos los dogmas, etc. Aquello a lo que nosotros damos tanta importancia, Dios no le da ninguna. El servicio al otro, que es lo importante, no queremos descubrirlo, porque nos obligaría a vivir de otra manera.
En esta parábola podemos encontrar la clave de la encarnación. Dios no se hace un hombre, sino que se hace hombre. El que juzga es el Hombre, el punto de contraste para valorar una vida humana es la similitud con Jesús “el Hombre”. No tenemos que esperar ningún juicio que se me imponga desde fuera. Mis actitudes van manifestando en cada momento el grado de identificación con el modelo de Hombre. En la medida que me identifique con el modelo, me salvo; en la medida que me separe de él, me voy condenando. No esperes a ser juzgado en un hipotético último día. Este evangelio te está juzgando ahora.
No se trata de esperar que Dios me recompense. La clave para salir de la dinámica de toma y daca con relación a Dios, está en que lo que hacemos con los hambrientos no es más que la manifestación de que hemos descubierto y hecho nuestro el Reino que es Dios. No llegamos al Reino por hacer esto o dejar de hacer aquello, sino que nos inclinamos al necesitado porque hemos llegado al Reino. No es lo que hagas por Dios lo que te va a salvar. No nos hagamos ilusiones: si no te preocupas del otro, no estás en el Reino.
Hemos conseguido un cristianismo cómodo colocando a Dios en el cielo. Sería demasiado peligroso descubrir a Dios encarnado en cada uno de los seres humanos que nos rodean. Pero no hay escapatoria. Dios es encarnación y lo tenemos que descubrir en las criaturas. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.
La pregunta de los rechazados deja bien claro que, si hubieran descubierto la presencia de Dios en el necesitado, lo hubieran socorrido.
Meditación-contemplación
A la tarde, te examinarán en el amor, dice S. Juan de la Cruz.
Ama y haz lo que quieras, dice S. Agustín.
Naturalmente, se trata del amor manifestado en obras.
No con relación a Dios, sino con relación al que te necesita.
…………………
El amor no es una exigencia que me viene de fuera.
No es una obligación que me impone un ser superior y extraño.
Es la exigencia primera y más profunda de mí ser.
La esencia de mi humanidad consiste en desplegar esa capacidad de amar.
………………..
El amor que nos pide Jesús en el evangelio
es fruto de una experiencia de unidad y pertenencia absoluta.
Sin esa vivencia interior, sería una programación inútil.
El amor es el agua que fluye de la fuente espontáneamente, mansamente.

Fuente:
http://www.feadulta.com/anterior/Ev-mt-25-31-46-MR.htm
Ilustración: Lourry Legarde.

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