viernes, 14 de noviembre de 2014

OTROS TIEMPOS

Del casi medio siglo de una convención juvenil
Luis Barragán


Comenzando el bachillerato, conocimos la sede de la Biblioteca Nacional entre las respetables esquinas de La Bolsa y San Francisco. El viejo domicilio que se convertiría de tránsito frecuente, exhibía grandes mesones y sillas de un gris molido por los años, en que destacaba la atención esmerada y comprensiva en medio de la algarabía tan habitual como incomprensible en toda biblioteca pública venezolana.

Aquella vez inaugural, la curiosidad nos llevó a los ficheros cudadosamente mecanografiados, de un amarillo pálido recubierto de plástico transparente que los aprestaba la gaveta metálica o enmaderada: el amarillamiento más intenso parecía el canon de arrendamiento con el que parecía sellarlos el tiempo. Al azar, probamos varias voces y se nos ocurrió adedar “Kennedy”, sorprendido el ingenuo adolescente por la visita que dispensara a Caracas el ultimado aspirante a la Casa Blanca.

Obtenido el folleto, nos maravilló que Robert Kennedy estelarizara un programa de televisión con el liderazgo estudiantil de la década anterior. Fue la primera noticia que tuvimos de aquellos líderes, uno de los cuales se convirtió en un referente indispensable de nuestra posterior y larga militancia política.

Ya para mediados de los setenta, afianzándose poco a poco nuestra afición hemerográfica, nos enteramos que la visita de Robert Kennedy escandalizó a la opinión pública, no sólo por lo que se dijo en el referido programa, sino por la precedente convenció juvenil socialcristiana que arrojó importantes planteamientos luego protocolizados frente a la teleaudiencia. Tomamos febriles notas y, como ocurriera con nuestras incursiones en las remotas, muy remotas para un muchacho, intentonas de Castro León, quedaron a la espera de una adecuada interpretación.

Apenas sobreviven dos o tres cuadernos de la época y, estropeadas, las borrosas fotocopias que aparatosamente tomaba un maquinón frecuentemente averiado. Nos convencía más el propio esfuerzo de indagación que los cursos de formación política, concebidos aéreamente según el parecer del novel militante.

A finales del decenio, convocadas todas las convenciones copeyanas, sistematizamos un poco más nuestro hallazgo noticioso y tuvimos ocasión de compartirlo en un retiro de reflexión de los que antes se acostumbraban, en la UTAL de un San Antonio de Los Altos frío y despejado. Recordamos el intercambio de la muchachada sobre temas que los jalonaban: Carlos Arismendi, Moisés Benaím, Daniel Liendo, Servando Rodríguez que, entre otros, configurarían nuestra participación en los comicios de la Juventud Revolucionaria Copeyana (JRC) de Caracas.

Semanas más tarde, nos dimos cita en el piso 19 de la Torre de La Previsora y, atendidos pacientemente por Rafael Domínguez Daly, tuvimos oportunidad de cotejar datos en el transcurso de una charla histórica y doctrinaria o, más exactamente, sobre los orígenes y justificación de la avanzada social al interior del partido. Por cierto, a la vuelta de un año, redactamos un documento crítico que hizo tronar a los dirigentes adultos de la tendencia, pues, pocos ahora se imaginan las vicisitudes del inicio y desarrollo del gobierno de Luis Herrera para quienes esgrimían tesis que lo desafiaban.

Kennedy conoció a dos de los  dirigentes estudiantiles que acaloraron, a principios de octubre de 1965, la IV Asamblea Nacional de la JRC planteando un desarrollo no capitalista, la transformación del sistema político o la nacionalización petrolera, para disgusto de las autoridades partidistas. En el evento juvenil, los llamados araguatos, ubicados en una línea ortodoxa de inspiración socialcristiana, confrontaron a los heterodoxos avanzados y astronautas que documentaron sus posiciones: por ejemplo, uno de esos documentos, intitulado “Una juventud para el cambio”, constituyó una pieza trascendental que inspiró y orientó por muchos años a la entidad juvenil.

La agitada asamblea también hospedó un emotivo y duro discurso de Rafael Caldera, quien – con su pormenorizada preocupación -  precisó las líneas doctrinarias del partido que jefaturaba, denunciando igualmente las desviaciones ideológicas y también las morales que tentaban a los jóvenes delegados. La alianza de avanzados y astronautas, concluyó en la elección del dirigente estudiantil Abdón Vivas Terán y del obrero Rubén Darío González como Secretario y Subsecretario Nacionales Juveniles, aunque paradójicamente, por una confusión del proceso, el resto del directorio nacional quedó bajo el dominio de los araguatos: todos protagonistas de una historia que incluyó la ulterior intervención del comité nacional del partido, la encargaduría de Oswaldo Alvarez Paz.

Hacia 1980, la JRC de Caracas celebró el acostumbrado consejo consultivo, evento que reafirmaba la continuidad administrativa y regularidad institucional de los partidos de antes que, por cierto, eran … partidos. Tomamos nuestras notas, le dimos una diferente redacción, hicimos la portada y, a punta de fotocopias, la distribuimos: cuando dejamos la secretaría regional de formación juvenil para asumir otras responsabilidades nacionales, nuevamente, las retomamos y, precariamente, llegó a algunos lugares del país: no fue posible editar un folleto, aprovechando el trabajo de unas cincuenta páginas, cuyos originales les entregamos a Lorenzo Tovar.

En días pasados, hallamos solamente la vieja portada entre los archivos que apenas logramos digitalizar.  Más allá de la legítima nostalgia, se cumplieron cincuenta años de la IV Asamblea Juvenil  Nacional que ganaron los avanzados y, por cierto, por esos mismos días de octubre, treinta años de la otra que, ésta vez, ganó la promoción generacional a la que pertenecemos: acontecimientos ahora insospechados, debido al retroceso que significa un proyecto totalitario que hace de lo viejo toda una novedad.

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