viernes, 30 de agosto de 2013

¿40 AÑOS NO SON NADA?

De la absolución histórica
Luis Barragán


Crecimos repudiando la dictadura de Augusto Pinochet, aunque – luego de quince años – hizo económicamente viable a Chile como no pudieron sus pares de la región. Todavía recordamos nuestra adolescente atención vacacional a la transmisión del discurso de Fidel Castro, captado por el hermano mayor en su portentoso aparato de radio que cumplía su promesa tecnológica en el litoral, y después enjugado por aquella emblemática canción de Inti-Illimani que todavía nos gusta, escudriñando los tiempos del liceo. Sin embargo, con el tiempo, la interrogante crecía por nuestra adscripción demócrata-cristiana y por los hechos mismos que produjeron el fenómeno.

Adscripción que se identificaba entusiasta y vehementemente con la corriente representada por Radomiro Tomic que, por un afiche de largos años confundido con una pared de la planta alta de la quinta “Campoamor”, sede del viejo IFEDEC,  y por la vieja prensa a la que nos aficionaríamos, nos enteramos de su estancia en la Caracas de 1970.  Diluyéndose el gesto firme del orador que celebró la otrora Juventud Revolucionaria Copeyana (JRC), recientemente no los devolvió Leopoldo Quintana, cuando coronó una reunión de trabajo, a propósito de la propuesta constituyente, asombrándonos por algunas piezas de su archivo personal.

Avecinándose el 40 aniversario de la caída de Allende, se mezclan unos y otros en la memoria de un tiempo supuestamente ido, con la convicción de una fiera conmemoración del madurato que querrá victimizarse hasta la saciedad, manipulando aquellas circunstancias. Al fin y al cabo, siempre ocurrió, a pesar que, hacia el sur, partidos como el Socialista, el Comunista y el MIR, no monopolizaban las demandas de una transformación social y, llegada la ocasión, pulverizaron la oportunidad.

Crecimos repudiando la sistemática violación de los derechos humanos, con una solidaridad activa de calle, abrazando generosamente al exilio chileno, pero también desprendiéndonos de la interesada versión de los caídos. Creemos que fue Ramón Guillermo Aveledo, quien nos obsequió una pequeña colección de la revista “Política y Espíritu” de los años del allendismo, junto al programa de gobierno de Radomiro,  vencido en los comicios presidenciales por Salvador Allende,  donde fielmente retrataba la onerosa e irrespirable realidad de la improvisación, el desabastecimiento, la intolerancia, la inflación,  la persecución, las protestas, el sectarismo, completamente indiferente ante el llamado, las propuestas  y las diligencias de sensatez, sosiego y realismo provenientes de los democristianos, al igual que de los diferentes sectores – incluso, populares y medios – angustiados por una salida de fuerza, sin apostarle.

Hoy, por ejemplo, al hallar y revisar en la red la entrevista realizada a Allende por el celebérrimo Régis Debray,  sentimos la terrible simplicidad  de los planteamientos que, junto a la prolongada residencia de Castro en Chile, a escasos años de su fracasado intento insurreccional en el continente, ayudan a comprender con mayor precisión un fenómeno que tiende a repetirse en Venezuela. Lo peor es que, acá,  no se trata de tres años, sino de la década y media de intimidación brutal que, salvadas las circunstancias y proporciones, añadida la amabilísima renta petrolera, nos convierten en copia de la lejana tragedia y ocasión para un triple chantaje.

En efecto, por una parte, es el propio gobierno venezolano el que, desaforado e irresponsable, juega con un golpe militar porque, en lugar de corregir los evidentísimos entuertos provocados, huye hacia adelante para colocarnos en el falso dilema de sus fríos cálculos, sin ocultar el intervencionismo cubano. Convertido en una experiencia anti-histórica,  se resiste a la maduración de una transición democrática, aunque la resistencia es propiamente la de los intereses creados, oliendo la conspiración en las mismas sombras que sus torpezas generan, y pretendiendo inculpar  a la oposición hasta de sus más fútiles yerros, agudiza hasta el hartazgo sus contradicciones confiado en la absolución que el tiempo prodigará.

El oficialismo parece solazarse con la idea de una asonada que, llevándoselo por el medio, también lo haga con la oposición más honesta, convencida, genuina y consistente y creadora que lo ha irritado por todos estos años, añadida la que no ha tenido prensa.  Al raro revanchismo que los congratulará, se une la ilusión del adinerado e infatigable viajero que, por su prestigiosa condición de ex – ministro, por citar un caso, gozará de la adicional fama de combatiente en los foráneos  estudios televisivos y radiales, o en los portales digitales más conocidos, devenido intelectual de reconocidos quilates por sus impresos testimoniales.

Por otra, tarde o temprano, como ya  acontece con la experiencia chilena, las aguas retoman sus cauces y, lejos de aquella victimización políticamente rentable,  no pocos actores sufren un legítimo cuestionamiento. Pudo evitarse una experiencia tan injusta para el pueblo chileno, agregado el demencial golpe de Estado, pero fue tal el atolondrado auto-engaño, la impericia política, la intoxicación ideológica, la prepotencia del poder y la cómoda hipoteca cubana, que arrastró a justos y pecadores hacia el despeñadero.

Deliberadamente o no,  faltaron las habilidades políticas y hasta la claridad conceptual y estratégica que la coyuntura ameritaba.  La estridente conmemoración venezolana, intentará esquivar el dato de un suicidio político que tiene menos de heroico y más de extravío psicológico.

Finalmente, lo que puede llamarse – por comodidad – el marxismo-leninismo internacional, la más íntima y atrasada convicción y gremio que por cobardía cuenta con otros eufemismos, no protagonizó exclusivamente la lucha contra la dictadura, como desean hacerlo creer. Y es más, fueron otros los arquitectos de una transición que exigió todo el talento, la ponderación y la firmeza que fueron tan indispensables, como – por citar un nombre – bien lo sintetizó Patricio Alwyn, por cierto, un anciano que inexplicablemente no hallaría cupo de popularidad en la actual Venezuela inducida y dominada por la banalidad.

Apenas concluya el receso parlamentario, excepto la junta directiva lo haga antes, el hemiciclo sabrá más de la arenga y de algunos cantores, que del libre debate sobre un hecho histórico que, manipulándolo, dirá fustigar a la oposición.  No hay absoluciones gratuitas y automáticas, ni siquiera al calor de un barril de petróleo.

Fotografía: LB; Reproducción de un afiche de bienvenida a Radomiro Tomic, Caracas, 1970. Colección: Leopoldo Quintana.
http://www.noticierodigital.com/2013/09/de-la-absolucion-historica/
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