viernes, 21 de junio de 2013

JARDÍN

Política farandulera
Ox Armand

En la etapa previa a la antipolítica, la que después los concilió definitivamente, hubo un deslinde natural entre las celebridades del espectáculo y la política. Cada quien en lo suyo, aunque – comprensiblemente – una determinada y aún indirecta postura del artista televisivo y radial (aclaremos el renglón) podía favorecer a un líder o proceso político  específico, por lo demás, emblematizándolo (s). Acotemos que es ahora cuando cantantes, actores o animadores apuestan decididamente por la polarización, pues, tiene un público numeroso y cautivo entre los opositores o los gubernamentales que le garantizan una cierta vigencia, aunque no necesariamente trabajo porque la escasez manda y son pocos los elegidos que tienen salida en las plantas del Estado o de Miami, por ejemplo. Puede decirse que falta una historia del compromiso político-partidista de la farándula, dando cuenta de las contribuciones que subrepticiamente dio Rafael Briceño o de las propias implicaciones de Héctor Mayerston para y en la lucha armada de los sesenta; pocos recordarán la Comuna Electoral de José Luis Rodríguez y Lila Morillo en apoyo desinhibido a Lorenzo Fernández por 1973, o las aspiraciones de la misma Lila o Néstor Zavarce a la alcaldía de Higuerote o Baruta, sin contar el éxito que tuvo Yvonne Attas al alcazarla. Pero otra cosa es la que nos interesa: cuando hay un respaldo o identificación, sea o no voluntaria, con un régimen que luego cae, suave o estrepitosamente.

Todavía muchachita, Susana Duijm saltó a la fama gracias a la todavía incipiente industria de los concursos internacionales de belleza y, como en su momento pudo decirse de las “misses” que conquistaron los más altos sitiales, hubo una lógica identificación del régimen con su proeza, marcándola por muchos años. No hubo evento oficial u oficioso, público o privado, social o benéfico, que no la hiciera protagonista. A tan corta edad, obviamente que ella vivía su mundo, con escaso conocimiento de la política, como de sus implicaciones en el otro mundo: el de la oposición frente a la dictadura. Vale decir, se vivía – como hoy  lo hacemos – una normalidad también construida por eufemismos. No obstante, al caer Marcos Pérez Jiménez, pronta e injustamente fue estigmatizada y será, aproximadamente diez años más tarde, cuando puede reingresar al espectáculo televisivo y gozar de la celebridad periodística correspondiente, quizás porque – inevitable – caracterizó o tipificó a la mujer vernácula o criolla, combinando el gusto popular con esa noción de lo “fashion” que ya dibujaba entre nosotros, la belleza como rentabilísima empresa comercial. Algo semejante ocurrió con Zoe Ducós, emparentada con un jefe policial del gobierno caído, pues, a punta de talento histriónico, superó el veto que el vínculo familiar impuso.  De modo tal que nos apropiamos y festejamos a la Duijm, con olvido de su pretendida, real o ficticia, parentela política que tuvo sus costos.

Estas cosas ocurren cuando existe una recurrente inestabilidad política que hace depender el público ejercicio de una profesión u oficio de los favores eventuales o efectivos que el poder político dispensa, ora porque no hay un desarrollo suficiente e independiente de la sociedad civil, ora porque – simplemente – ha quebrado.  Que sepamos, Lila y José Luis, derrotado el candidato copeyano en las presidenciales, prosiguieron sus actividades artísticas en el país,  sin problema alguno, aunque habrá que ver si el decidido apoyo a Lusinchi de Bob Rangel y Desireé Rlando no acabó con sus carreras entre los ochenta y noventa, o si la posición de Winston Vallenilla y personas afines concluirá con una trayectoria hasta ayer admirada y aplaudida por propios y extraños. A lo mejor Vellenilla pasa al ostracismo, como ahora acontece con la extrema frivolidad de María Conchita Aloso, sin que afecte a Roque Valero. Una especulación válida, porque hubo emblemas del período perezjimenista que no soportaron su caída, mientras otros sobrevivieron. Agreguemos, aunque Renny Ottolina no calzó el puntaje como figura emblemática, también recibió su ración de reproches y él, lo recuerda mi padre, recía que no se metió en la política por esos años, estaba muy joven y no podía pedísele tamaño compromiso. A veces, cuando revisamos la prensa de la época, notamos a reconocidas figuras del mundo literario, musical o las que luego fueron destacadísimas en el mismísimo mundo político, opinando sobre el Spunik u otras lindezas como si el país experimentara una normalidad tal que les permitieran tales incursiones, sin el menor rubor frente a la represión y crueldad gubernamental. Pero a Duijm u Ottolina les sacaban en cara esa “afiliación” con un régimen que vivieron en la candidez de sus juventudes, siendo perfectamente válido cuestionar a los cuestionantes.

Paseándonos por las ediciones de la caraqueña revista “Billiken” de finales de 1957 y principios de 1958,  notamos el rápido y casi literal brinco de la lisonja pegajosa del perezjimenato a la de los nuevos actores políticos, incluso, desconocidos, como Fabricio Ojeda. Anunciando el venidero matrimonio de Susana, no imaginó Lucas Manzano, el director de la publicación, que ella “disfrutaría” del veto moral que después tardó en apagarse y del cual, él también – más hábil y ducho en las lides – tuvo que sortear. El tiempo curó todo, respecto a los prejuicios portátiles que se levantaron. Si no hubiera existido una poderosa industria televisiva privada que la rescatara y reivindicara por sus dotes artísticas, ya en la década de los setenta, Yolanda Moreno seguiría en esa suerte de destierro, donde sobran quienes se atreven a lanzar la primera piedra para esconder sus pecados desvergonzadamente. La película de Carlos Oteyza, “Tiempos de dictadura”, cuenta con un testimonio excepcional, aunque tardío: la propia Yolanda ofrece su versión del perezjimenisto que los intrépidos lanzadores de piedras no le permitieron años atrás. Cosas de lo que puede denominarse la política farandulera.
 http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/15647-politica-farandulera

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