miércoles, 30 de marzo de 2011

LOS CANALES DE ADENTRO


EL NACIONAL - Sábado 26 de Marzo de 2011 Papel Literario/1
Gasparini Lagrange: la Venecia interior
NELSON RIVERA

Por descarte: no exactamente un libro descriptivo de la ciudad, aunque por instantes la autora dedique unas líneas a lo que la rodea; tampoco un canto a la "belleza insuperable" de la que hablan las guías de viajes; ni siquiera una serie de efemérides y paradojas que se acomoden a la expectativa de los secretos que Venecia esconde para sus habitantes.

Laberinto veneciano es un lugar en el alma de Marina Gasparini Lagrange. Ensayos que aproximan al ser, a veces abierto y a veces cerrado, que es Venecia. En cierto modo, un relato de apropiación de la ciudad (la solapa nos informa que la autora se residenció en Venecia en el año 2000). Un transcurrir por la Venecia interior, por su lentitud esencial, por su otoño y su invierno, cuando sus calles se quedan solas.

Voz pausada: "En su trazado irrepetible encontramos lo que no buscábamos, buscando lo que no encontramos".

Hay libros que dan la bienvenida al lector. Otros que exponen sus reglas y ambiciones. Algunos que se ofrecen como dificultad que debe ser vencida: a Laberinto veneciano se ingresa. A medida que se pasa de un ensayo al siguiente (como quien pasa de un recinto a otro) la Venecia exterior, la Venecia de nuestro imaginario habitual se desdibuja, mientras emerge, como si se levantara desde algún fondo (desde el fondo de las aguas, desde el fondo de la memoria, desde el fondo de la historia, desde el fondo de los archivos, desde el fondo de la mirada), una Venecia personal, una Venecia tramada en las obsesiones de la autora, un lugar que se vive y se siente como estado de introspección.

El lector ingresa al libro: se encuentra con la múltiple metáfora del laberinto: es la forma que adquiere Venecia para algunos elegidos; es el ambiente donde la soledad puede alcanzar un estado de perfección ("el laberinto es la patria de quien vacila"); es un estado del carácter (esa suerte de impulso de volver una y otra vez a un mismo punto de la vida); pero es también un reencuentro con el mitológico Laberinto de Cretas, así como con otros autores (Kafka, Benjamin, Warburg, Borges) que también experimentaron el laberinto.

En tanto que el laberinto es propio, te cambia ("Todos tenemos nuestro laberinto").

Pero el laberinto está en el alma. En el ánimo. En las noches frías. En los secretos, irrepetibles, que aparecen al caminar por Venecia. "Venecia se está hundiendo, y nosotros la acompañamos en su naufragio. Los sueños soñados flotan sobre sus aguas sin que nos inclinemos para rescatarlos; ellos pasan, pasaron; ya no podemos volver a soñarlos, y mientras los vemos deslizarse, aminoramos el peso en señal de reconocimiento. La lentitud es la imagen de la tristeza de La Serenissima; sin prisa, nos sumergen en una historia, la suya y la nuestra, que siempre es contada de nuevo".

Ensayo de lo peculiar

Una sensación de mi lectura: que en el ámbito en el que este libro transcurre, algo ha quedado atrás. Quiero decir, que en cada uno de sus ensayos, lo inmediato, lo contingente, lo sorpresivo, han sido superados. Gasparini no se propone ganar adeptos para Venecia (la ciudad en paulatina decadencia no los necesita), ni ser la cronista de lo inaudito veneciano. Me atrevo a sugerir: sus ensayos van a lo hondo, a lo antiguo, a los mitos, a lo que permanece.

Por ello sus escogencias son emblemáticas: la aproximación al pintor Gian Battista Pironesi (1720-1778), que plasmó su visión de cárceles y ruinas, guía a Gasparini a la conclusión de que esos espacios no lo son tanto de la arquitectura como del alma. A continuación nos encontramos con Tiziano (1485-1576), veneciano por adopción, en sus últimos años: Gasparini se detiene en una de sus obras más estremecedoras: El desollamiento de Marsias, representación de la pura hybris, para conducirnos a T. S. Eliot o al Heictor Villa-Lobos de la Bachiana N°5, pero sobre todo a un tema de savia: la humanidad que ha perdido las facultades de gritar y de escuchar ("La relación entre el alma y el grito dice de lo que no puede expresarse sino a través de formas anteriores a la palabra: tan grande es el dolor, y no sólo físico, que no hay lenguaje que pueda expresarlo. Mientras el poeta grita, el pintor transforma el sufrir en contorsiones corporales").

El cuadro de Lorenzo Lotto (1480-1556), Gallerie dell’ Accademia, abre el espacio para la reflexión en torno a la mirada. Lo que arranca como el comentario comparado de Canaletto, Guardi y Tiepolo, deriva en una idea que subyuga: la de Venecia como lo que se tambalea junto con cada uno de nosotros ("Venecia nos marea, pero no porque ella se mueva, sino porque ella nos mueve"). En su documentado ensayo sobre la Fortuna, Gasparini nos advierte que, es justo en ausencia de la Fortuna, cuando los males se posan en nuestras vidas, la circunstancia en que los seres humanos nos detenemos a mirar dentro de nosotros.

El recuerdo del poeta Joseph Brodsky (1940-1996), huésped inevitable en la sensibilidad de Gasparini por la poesía, obliga al lector a detenerse en lo que se sugiere como una confesión: "Quizás no es una exageración afirmar que el exilio del escritor comienza cuando se escribe en un idioma y vive en otro". Es en la circunstancia de ese exilio asumido, que la autora deja entrever, en cada uno de los once ensayos que confluyen en Laberinto veneciano, algunas afirmaciones, fugaces lineamientos de una posición suya, que es estética pero también ética, portadora de un determinado sentido de responsabilidad, que consiste en escribir desde adentro, en reconocer que pensar es confesar. "La pietá es la compasión con la cual nos creamos de nuevo. Sabemos que la pietá y la compasión son dos emociones bien distintas. Mientras que la primera es la cercanía que se identifica y carga con el sufrimiento, con la segunda mantenemos la distancia necesaria que nos permita acoger el dolor. Pero cuando estas emociones son la mirada que dirigimos hacia nosotros mismos, las diferencias se borran tornándose en una posibilidad de reconocimiento a partir de la quiebra y la orfandad".

Atenas y Jerusalem

Laberinto veneciano no es sólo una consecuencia de una mirada penetrante: los ensayos están todos atravesados por un dispuesto sentido de la escucha. Si los filósofos griegos instaban a mirar el mundo y los maestros judíos a escuchar las palabras, Marina Gasparini Lagrange parece escribir en el eje de esa encrucijada: "Las ciudades comienzan a pertenecernos cuando nuestra mirada se detiene en el eco de nuestros pasos". Lo que conmueve de estas lecturas (son como emplazamientos a los que la autora ha sido convocada), es que todo en ellas escucha, todo parece ser receptor del timbre, del eco que resuena en el espacio. Porque en los oídos de Gasparini ciertos elementos de Venecia han resonado y en sus ojos se han tornado evidencia.

Si a cada ensayo puede atribuirse una hora del día (un corte en el tiempo), una cantidad de luz (una posibilidad de ver) y una sonoridad (que resuena en la prosa), en todos ellos se reconoce la presencia irreducible del enigma: ese algo que no puede ser traspasado o descifrado. Como las parábolas, que sólo hablan de sí mismas y no pueden ser interpretadas, también Venecia parece aspirar a un espectador capaz de escucharla, sin caer en la tentación de interpretarla.

Ese es el sentido en que Laberinto veneciano puede ser, a pesar de sí misma, una lectura con un trasfondo ético: Gasparini escoge callar o decir lo imprescindible. Ha desechado el vario catálogo de "las Venecias", para recorrer la ciudad al borde de sus silencios, de sus repliegues, de sus noches frías.

De esa elección proviene lo particular de sus intereses, el despojo que a menudo alcanza su escritura, el sentido religioso con que puede comentar un cuadro. A la pregunta del qué vemos, ella contesta: "Esa es la pregunta que se nos deja entre las manos. La respuesta está en nuestros ojos. Toda lectura de imágenes comienza por una mirada: la nuestra. Aprender a ver es contar de nuevo las historias que siempre se han narrado. Siempre las mismas, siempre distintas. La diferencia entre ellas está en los ojos que ven, en el alma de quien cuenta".

Desde esa voluntad de persistir, por ejemplo, Gasparini da vueltas, una y otra vez, alrededor de Orfeo y Eurídice, la escultura de Antonio Canova (1757-1822). Revisita la escena en el Museo Carrer, en Venecia. Se hace parte de la desesperación que late en el relato. Haciendo silencio sobre su silencio vislumbra la condición sagrada que ha sido materializada. Piensa en la piedad. Allí se presiente la resonancia que Venecia ha dejado en su vida. Ya sabe que en Venecia los seres caen y aprenden el arte de ponerse de pie. Es decir, experimentan el arte de resucitar.

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