sábado, 20 de noviembre de 2010

clinic


EL NACIONAL - Sábado 20 de Noviembre de 2010 Papel Literario/1
"Soy un artista de la impaciencia"
ENTREVISTA
DIAJANIDA HERNÁNDEZ G.

Rafael Gumucio (Chile, 1970) es escritor, periodista y guionista. Es colaborador de El País, ABC, La Nación, El Mercurio y The New York Times, entre otras publicaciones. Fue parte del grupo que formó The Clinic y es fundador y director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales. Entre sus publicaciones se cuentan Memorias prematuras, Páginas coloniales y Monstruos cardinales. En La deuda (2009), su más reciente novela, retrata al Chile red set, al Chile postdictadura y a su clase media. Sobre su última publicación y algunas cosas más conversamos con el autor chileno.

¿Por qué tomaste la decisión de escribir sobre la clase media y las relaciones de clases? Jugué demasiados años a ser un adolescente energúmeno que se siente herido por todos y todo. Quería salirme un poco de mi mismo porque sentí que había una trama ahí, una subjetividad que se había ido transformando en una cómoda marca de fábrica. Miré un poco a mi alrededor, no muy lejos, entre mis amigos, entre mis negocios, mis trabajos, mis colegas y la historia apareció naturalmente.

No pretendo ser original. Las relaciones de clase es lo primero sobre lo que piensa en escribir un escritor chileno cuando se cansa de escribir sobre su mamá o su gato. En Chile (más aún que en Venezuela) todos los conflictos esconden un conflicto social. Ese carácter oculto y multiforme de la lucha de clase a la chilena me interesaba porque cuenta otras identidades también ocultas y multiformes que conviven en mis personajes como en mi vida. Otras identidades suspendidas que nunca llegan a cuajar del todo. Es el idioma de la frustración un gran tema sudamericano, una gran obsesión personal, un demonio que necesitaba, que necesito, que voy a seguir necesitando al parecer, exorcizar de alguna manera.

Con el personaje central de La deuda se toca una dificultad, Fernando Girón quiere hacer la película de su vida, tiene cultura e inteligencia pero no tiene creatividad. ¿Este es un tema que particularmente te preocupa? Un amigo mío quiere hacer una película que se llame "Los ciegos" donde no hay ningún no vidente. A mi también me interesa retratar la ceguera de la gente que ve perfectamente. Yo creo que a todos los novelistas les interesa eso y sólo eso, retratar los profundos errores que cometemos al juzgarnos a nosotros mismo, la distancia que hay entre lo que somos y lo que creemos ser, la torpeza con que nos movemos con cuerpos supuestos e ideas prestadas. Eso le pasa al Quijote, que es la historia de un tipo que se cree caballero andante pero es un pobre hidalgo manchego que se convierte en caballero andante que cree que es un pobre hidalgo manchego. Así también los personajes de Kafka o los de Sthendal o los de Tolstoi.

En Fernando esa ceguera es artística, quizás porque es una que conozco más, pero lo que importa es la ceguera, la incapacidad de ver quién es y para qué sirve, la incapacidad que tiene de comprender como llegó a donde llegó que lo hace patético, cómico, querible, como esos títeres que no ven el lobo detrás suyo a pesar de que todos los niños le gritan "ahí esta el lobo". Al final el trabajo del novelista es darle a los niños esa alegría desesperada de ver el lobo que el títere no ve. Un placer siniestro si se quiere pero inevitable.

Otro tópico que se aborda en la novela es el de la culpa, el protagonista constantemente se cuestiona, se pregunta por lo que ha hecho mal. ¿Podrías hablar un poco de la presencia de la culpa en tu novela? La culpa es una forma muy básica de comprensión del otro. Es una mentira necesaria, una manera infantil de compadecer a los demás pidiendo que un padre intermedie entre tú, yo y el mundo. Una especie de fetichismo medio mágico que habla con un dios que justifica y explica todo.

La versión adulta de la culpa es la responsabilidad que en la vida política y personal me encanta pero que como novelista es muy difícil de contar. La culpa, que es un error que tiene algo de verdadero, es apasionante porque lleva a todo el mundo a equivocarse pero con algo certero en el medio. Es lo que le pasa a Fernando que desarrolla una relación fetichista con el gallo que lo estafa, llegando a creer que lo ha estafado sólo para decirle lo mucho que lo quiere. Una pura huevada --como decimos en Chile y dicen ustedes en Venezuela-- que al final resulta ser una verdad profunda y oculta de su estafador. Eso de llegar a la verdad a través de la equivocación me pareció apasionante mientras escribía. El precio es caro para Fernando, pero para eso estaba para pagar por mi.

¿Es cierto que La deuda en un principio era un guión cinematográfico? De ser eso cierto, ¿por qué la transformaste en novela? Fue un guión cinematográfico sólo una semana, luego me pareció que todo lo que me entretenía de lo que estaba escribiendo era infilmable.

Ahora algo de guión mantuvo. De hecho mucha gente en Chile a la que no le gustó la novela me dijo que lo que no le gustaba era que estaba demasiado estructurado, como un guión de película. A mi ese comentario me gustó porque los personajes están siempre pensando en cómo podrían ser filmados. A ninguno se le ocurre que podría ser narrado pero muchos sienten que una cámara los sigue y ausculta.

Después del ejercicio de escribir La deuda, ¿qué visión tienes del Chile postdictadura y del Chile red set? Hace 20 años yo tenía 20 años y levantaba la manos delante de las metralletas para que no nos disparan. Ahora soy gordo y tengo 40 años y participo contento y feliz de ceremonias militares y asesorías gubernamentales sin pensar que en el fondo no ha cambiado nada. Entre medio las dos décadas más exitosas de la economía y la política chilena. Un país que pasó de la miseria y la dictadura a cierta holgura y cierta democracia.

Una revolución que cambió la ciudad, el país, pero sin atreverse a tener un relato propio, un rostro, un discurso qué vender. Una revolución silenciosa que cambia muchas cosas que es todo lo contrario de otras revoluciones ruidosas que no cambia nada en el fondo.

A mi ese silencio me interesa, a mi esa falta de héroes y de mártires, esa banalidad que cambia todo me parece un tema desafiante para un novelista. Puede que también sea un rasgo de masoquismo mío, eso de querer contar algo que no quiere ser contado, eso de hablar de algo que le gustaría pasar desapercibido.

¿Podrías hablar un poco de la mezcla de memoria, crónica y ficción que hay en Memorias prematuras ? Me gusta pensar que todo lo que escribimos es una crónica, osea, algo que tiene como límite la cronología. Todo para mí es un testimonio que a veces dice yo, usted, tú, todos o nadie como lo hacemos en la vida disfrazándonos, desnudándonos, transformándonos. Cuando leo un escritor que me gusta, me gusta todo lo que escribe. Me gusta su voz, la forma de su cabeza, su manera de ver lo que ve.

Lo otro es técnica. Yo nunca separo los géneros, ni pienso en eso. Pienso que muerto yo todo eso --si me sobrevive-- va a estar mezclado, así que mejor me adelanto y lo mezclo yo. La verdad es que tengo esa costumbre de adelantarme, de apurarme demasiado. En eso siento que me equivoqué de profesión porque la literatura es un arte de la paciencia y yo soy un artista de la impaciencia. Quizás también lo hago por terapia, para aprender a esperar. Si es así, puedo decir que no esta funcionando.

Como escritor que trabaja con la crónica y la novela, ¿podrías decir cuál es la diferencia entre estos géneros? Corrijo tres mil veces una novela para que parezca tan fresca como una crónica. Trato de no corregir mucho estas porque empiezan a novelizarse y pierden toda su gracia. Pensándolo mejor, en las crónicas hay un yo que sólo tengo que inventar a medias, porque el lector sabe mejor quién es ese yo y cómo tiene que actuar. En la novela tengo que inventar también ese lector que por lo demás siempre se rebela. En las novelas al principio yo que sé muy poco y demasiado al final. En una novela, en resumen, me demoro siglos en llegar a saber lo justo, ni mucho ni muy poco. En la crónica ese justo nivel ignorancia informada viene con el encargo de escribir. Sé poco pero algo sé, supongo el resto, adivino y descubro naturalmente.

En la novela hasta esa naturalidad tengo que crearla artificialmente.

¿Cómo evaluarías la experiencia de The Clinic y su impacto en el mundo de las publicaciones periódicas chilenas, en el periodismo y la misma sociedad? Es la única revista que no es de derecha que ha tenido éxito editorial, financiero y periodístico en estos últimos veinte años. Yo creo que con esto esta todo dicho. Nicanor Parra dice que es difícil pensar sin el Clinic.

¿Qué significó PlanZ para Rafael Gumucio y para la tv chilena? Para mí un momento espectacular de mi vida. Eso que los otros llaman la universidad, que a mi me sucedió bastante años después de titularme: los amigos, las mujeres, los chistes, las angustias adolescentes --a los 25 años con un contrato vigente y entrevistas y fotógrafos ante los que posar con un peinado ridículamente new waves. Para la televisión chilena un episodio sin muchos seguidores ni consecuencias que los estudiantes de primer año de la universidad ven en Youtube hasta que maduran y lo olvidan.

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